Domingo, 28 Febrero 2016 23:54

Un hombre tenía plantada una higuera en su viña (Lc 13,1-9)

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Domingo 28 de Febrero de 2016
III domingo de Cuaresma
Morado

 

Antífona de entrada Sal 24, 15-16
Mis ojos están siempre fijos en el Señor, porque él sacará mis pies de la trampa. Mírame y ten piedad de mí, Señor, porque estoy solo y afligido.

O bien: cf. Ez 36, 23-26
Dice el Señor: “Cuando manifieste mi santidad en medio de ustedes, los reuniré de entre todos los países de la tierra; derramaré sobre ustedes el agua pura, serán lavados de todas sus manchas y pondré en ustedes un espíritu nuevo”.

 

Oración colecta
Dios de misericordia y origen de todo bien, que en el ayuno, la oración y la limosna nos muestras el remedio del pecado, mira con agrado el reconocimiento de nuestra pequeñez, para que seamos aliviados por tu misericordia quienes nos humillamos interiormente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Señor, por este sacrificio concédenos que, así como te pedimos que perdones nuestros pecados, perdonemos también nosotros las faltas de nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Antífona de comunión Sal 83, 4-5
Hasta el gorrión encontró una casa, y la golondrina tiene un nido donde poner sus pichones: junto a tus altares, Señor del universo, mi Rey y mi Dios. Felices los que habitan en tu casa y te alaban sin cesar.

 

Oración después de la comunión
Padre, alimentados en la tierra con el pan del cielo, anticipo de la eterna salvación, te suplicamos que lleves a su plenitud el misterio que se realiza en nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Oración sobre el pueblo (Facultativa)
Padre, dirige los corazones de tus fieles, y concédeles generosamente la gracia de permanecer en el amor a ti y al prójimo, para llegar así a la perfección de tu ley. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

1ª Lectura Éx 3, 1-8a. 10. 13-15
Lectura del libro del Éxodo.
Moisés, que apacentaba las ovejas de su suegro Jetró, el sacerdote de Madián, llevó una vez el rebaño más allá del desierto y llegó a la montaña de Dios, al Horeb. Allí se le apareció el Ángel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza. Al ver que la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó: “Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?”. Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: “¡Moisés, Moisés!”. “Aquí estoy”, respondió él. Entonces Dios le dijo: “No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa”. Luego siguió diciendo: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios. El Señor dijo: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel. Ahora ve, yo te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas”. Moisés dijo a Dios: “Si me presento ante los israelitas y les digo que el Dios de sus padres me envió a ellos, me preguntarán cuál es su nombre. Y entonces, ¿qué les responderé?”. Dios dijo a Moisés: “Yo soy el que soy”. Luego añadió: “Tú hablarás así a los israelitas: ‘Yo soy’ me envió a ustedes”. Y continuó diciendo a Moisés: “Tu hablarás así a los israelitas: El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, es el que me envía. Este es mi nombre para siempre, y así será invocado en todos los tiempos futuros”.
Palabra de Dios.

 

Comentario
“El Dios de Israel, el Señor, se revela sensible al clamor de los oprimidos, y expresa su compromiso con ese dolor haciendo de aquellos su pueblo. La iniciativa es del Señor, y se mantendrá para siempre, mostrando otro rasgo de su ser que los hombres llamamos fidelidad y paciencia. Aceptar la iniciativa del Señor trae consecuencias para los hijos de Israel: La primera, es la de empezar a existir como pueblo, nacidos de una acción liberadora y constituidos en un pacto sagrado”.

 

Sal 102, 1-4. 6-8. 11
R. El Señor es bondadoso y compasivo.

Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga a su santo Nombre; bendice al Señor, alma mía, y nunca olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas y sana todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura. R.

El Señor hace obras de justicia y otorga el derecho a los oprimidos; él mostró sus caminos a Moisés y sus proezas al pueblo de Israel. R.

El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; cuanto se alza el cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor por los que lo temen. R.

 

2ª Lectura 1Cor 10, 1-6. 10-12
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto.
Hermanos: No deben ignorar que todos nuestros padres fueron guiados por la nube y todos atravesaron el mar; y para todos, la marcha bajo la nube y el paso del mar, fue un bautismo que los unió a Moisés. También todos comieron la misma comida y bebieron la misma bebida espiritual. En efecto, bebían el agua de una roca espiritual que los acompañaba, y esa roca era Cristo. A pesar de esto, muy pocos de ellos fueron agradables a Dios, porque sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Todo esto aconteció simbólicamente para ejemplo nuestro, a fin de que no nos dejemos arrastrar por los malos deseos, como lo hicieron nuestros padres. No nos rebelemos contra Dios, como algunos de ellos, por lo cual murieron víctimas del Ángel exterminador. Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirva de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!
Palabra de Dios.

 

Comentario
La historia de nuestros antepasados expone todo lo que nos ocurre también a nosotros en el camino. Allí, peregrinando, se juega nuestra fidelidad a Dios. Él está siempre acompañando y se manifiesta en sus signos.

 

Aclamación Mt 4, 17
“Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”, dice el Señor.

 

Evangelio Lc 13, 1-9
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.
En cierta ocasión se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”. Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?’. Pero él respondió: ‘Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás’”.
Palabra del Señor.

 

Comentario
Como el viñador que dice “dejemos todavía un año más” así emplea Dios su paciencia con nosotros. Él quiere darnos tiempo para que reconozcamos nuestro pecado y nos convirtamos del mal cometido. ¿Cuánto tiempo tendremos para esta conversión? No sabemos el plazo, por eso esta breve parábola de la higuera va unida al relato de acontecimientos trágicos, en los cuales la muerte llegó inesperadamente. Una vez más, Jesús nos exhorta a la vigilancia, al mismo tiempo que confiamos en la misericordia de Dios.

 

Oración introductoria
Padre, nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza también para nosotros.

 

Petición
Jesús, gracias por darme la oportunidad de mejorar, de servirte, de amarte. Dame tu gracia para luchar cada día por dar fruto.

Meditación

1.- El Señor le dijo a Moisés: He visto la opresión de mi pueblo en Egipto… voy a bajar a salvarlos. El pueblo de Israel siempre vio en Moisés un enviado por Dios para librarlos de la opresión de Egipto. Yahvé siempre fue visto por el pueblo de Israel como un Dios liberador. Así debemos verlo también cada uno de nosotros: Dios, el Dios de nuestro Señor Jesucristo, es un Dios misericordioso y liberador, que nos quiere siempre libres de todas las ataduras del pecado. Ser cristiano es ser y sentirse siempre libres de nuestra innata inclinación al mal, de las tentaciones de la carne, de las atracciones pecaminosas del mundo. Un cristiano no debe ser, ni considerarse nunca, un ser oprimido y acobardado ante las dificultades y ante la fuerza del mal. Seamos valientes, luchemos, y confiemos siempre en la voluntad salvadora y liberadora de nuestro Dios.

2.- El que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga. La confianza en Dios debe ser siempre una confianza fuerte y segura, pero nunca temeraria. No nos vale meternos imprudentemente en el peligro, con la ingenua esperanza de que al final Dios nos va a librar. El que ama el peligro, decía ya el proverbio latino, en él perecerá. Ayúdate y te ayudarán, decimos también nosotros, a Dios rogando y con el mazo dando. San Pablo les dice a los cristianos de Corintios que recuerden que muchos judíos murieron en el desierto, porque no agradaron a Dios. Que no se crean ellos que Dios les va salvar por el solo hecho de haber sido redimidos por Cristo. Confiemos nosotros en Dios, pero nunca con una confianza temeraria. En definitiva, como venimos diciendo, en esta cuaresma agrandemos nuestra confianza en Dios, pero sin olvidar nuestra obligación de convertirnos al Señor, con oración, con ayuno, con limosna, y luchando cada día denodadamente contra el mal.

3.- Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. En los tiempos de Jesús el pueblo pensaba que los sufrimientos y enfermedades materiales eran consecuencia de los pecados morales. Tanto los galileos asesinados por Pilato, como los dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, eran pecadores. Por eso, la conclusión del relato evangélico les parecía del todo lógica: todo el que es pecador y no se arrepiente, perecerá. Nosotros, ahora, no creemos que los sufrimientos y enfermedades de esta vida sean siempre consecuencia directa de algún pecado moral. Tanto los justos como los pecadores pueden morir de cáncer o padecer cualquier otra enfermedad cruel o mortal. Pero esto no quiere decir que nosotros pensemos que la conversión no sea condición necesaria para salvarse. Porque todos nacemos pecadores, inclinados al mal, y todos necesitamos luchar contra el demonio y el pecado, convertirnos, para que la misericordia de Dios pueda salvarnos. Ya lo dice el salmo 50: mira, Señor, que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre. Y el mismo salmo comienza diciendo: sálvame; Señor, por tu gran amor, por tu inmensa compasión borra mi culpa. En la cuaresma, de un modo especial, debemos pensar en esto: en la necesidad que todos tenemos de convertirnos, de apartarnos del mal. Esta debe ser una lucha del todo necesaria para poder obtener la salvación de Dios. Ya sabemos que es la misericordia de Dios la que nos salva, pero sabemos igualmente que Dios quiere que nosotros queramos salvarnos y que luchemos contra el demonio y el mal, es decir, que nos convirtamos, porque, repitiendo palabras del salmo 50: un corazón contrito humillado, tú no lo desprecias, Señor.

4.- Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor, a ver si da fruto. Si no, la cortas. La higuera a la que se refiere el texto evangélico es el pueblo de Israel que obstinadamente y a través de los siglos vivió rechazando los mandamientos de Dios y sus designios amorosos, pero nosotros deberemos aplicar esta parábola de la higuera estéril a cada uno de nosotros. Confiar en la misericordia salvadora de nuestro Dios no puede llevarnos a ir retrasando nuestro propósito de conversión hasta el último día de nuestra vida. Dios quiere que nos convirtamos ya hoy, que no lo dejemos para mañana. Si la cuaresma es un tiempo especial de conversión, no dejemos que pase esta cuaresma sin un propósito firme de conversión. Para eso, abonemos todos los días nuestro corazón con obras de misericordia y mortificación, con amor y con espíritu de sacrificio.

En este domingo de cuaresma pidamos a Dios que nos dé un corazón puro, que nos renueve por dentro con espíritu firme, que nos convirtamos y que confiemos en que Dios nos salvará, porque, como leemos en el salmo 102, que recitamos hoy, el Señor es compasivo y misericordioso… lento a la ira y rico en clemencia.

 

Propósito
Dirijamos hacia Dios nuestra vida y preocupémonos más por nuestra propia conversión.

 

Diálogo con Cristo
No hay excusas, la lección de la parábola es clara. Cuando el Creador viene a buscar frutos, es porque es tiempo de que haya frutos. No se trata de aparentar o verse bien, sino haber producido los frutos de acuerdo al plan de Dios. Gracias, Jesús, por interceder por mí y darme otra oportunidad para que, con la gracia de la Eucaristía, pueda rectificar lo que deba cambiar en mi vida y aspirar a la eficacia apostólica, donde es necesario morir a mi propia comodidad para dar fruto.

 

 

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