Lunes, 04 Abril 2016 01:52

CATÓLICOS Y POLÍTICA

Escrito por  Charles J. Chaput
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"El juntar las manos en oración es el comienzo de un levantarse contra el desorden del mundo." Este dicho viene a mi memoria según se acercan las elecciones y oigo más conferencias sobre cómo los católicos no deben "imponer sus creencias a la sociedad"...

Este artículo de Charles J. Chaput, arzobispo de Denver, fue publicado el 22 Octubre 2004, con ocasión de las circunstancias de aquel momento –no lejano- en su país, pero el contenido de fondo vale para ahora y para todos los lugares, sin necesidad de aclaraciones –resultarían superfluas- para el lector medianamente inteligente.

El teólogo Karl Barth dijo una vez: "El juntar las manos en oración es el comienzo de un levantarse contra el desorden del mundo." Este dicho viene a mi memoria según se acercan las elecciones y oigo más conferencias sobre cómo los católicos no deben "imponer sus creencias a la sociedad" o advertencias sobre la, necesidad de "la separación de la iglesia y el estado." Éstos son dos de los eslóganes más vacíos en la actual política americana, que trata de oponerse a un debate serio. Nadie entre los políticos principales de América quiere una teocracia. Por eso, deberíamos reconocer estos eslóganes por lo que son: frecuentemente deshonestos y al final profundas peligrosas picaduras.

El hacer leyes implica inevitablemente que algunos grupos impongan sus creencias al resto de nosotros. Ello es de la naturaleza del proceso democrático. Si decimos que "debemos" hacer algo, estamos haciendo un juicio moral. Cuando nuestros legisladores convierten ese juicio en ley, el debe de alguien se convierte en un "tiene que" para toda la sociedad. No es peligroso inherentemente; es como funciona el pluralismo.

La democracia depende de gente de convicciones que expresan sus puntos de vista, con confianza y sin embarazo. Este tomaydaca es una tradición americana, y los creyentes religiosos juegan un papel vital en ello. No servimos a nuestro país de hecho lo debilitamos intelectualmente si hacemos dejación de nuestros principios o no nos atrevemos a hablar con convicción por un erróneo sentido de buena educación.

La gente, que apoya leyes permisivas abortivas, no tiene escrúpulos en imponer sus puntos de vista a la sociedad. A menudo trabajando contra la opinión popular, han tratado de bloquear cualquier intento para cambiar las leyes abortivas permisivas desde la decisión Roe v. Wade de la Corte Suprema en 1973. Es justo. Están en su derecho. Pero ¿por qué deberían ser diferentes las reglas de compromiso para los ciudadanos que se oponen a esas leyes?

Los católicos tienen una obligación de trabajar por el bien común y por la dignidad de cada persona. Nosotros vemos el aborto como una cuestión de derechos civiles y de dignidad humana, no simplemente como una cuestión de enseñanza religiosa. Somos doblemente infieles a ambas, tanto a nuestras convicciones religiosas como a nuestras responsabilidades democráticas si fracasamos en apoyar al derecho a la vida del nonato. En absoluto terminan ahí nuestros deberes de justicia social. Pero ahí siempre empiezan, porque el derecho a la vida es fundamental.

Para los católicos, el hecho de dejar a la "libre elección" de cada uno el abortar contradice nuestra identidad y nos hace cómplices en cómo la decisión se genera. La "elección" en el aborto implica siempre la elección de terminar la vida de un ser humano nonato. Para cualquiera que vea este hecho claramente, el silencio o la desaprobación privada no son opciones. Son males casi tan graves como el aborto mismo. Si los creyentes religiosos no adelantan sus convicciones sobre moralidad pública en debates públicos, no están demostrando tolerancia sino cobardía.

El ordenamiento civil tiene su propia esfera de responsabilidad, y su propia autonomía, diferente de la iglesia y otras comunidades religiosas. Pero las autoridades civiles nunca están exentas del compromiso moral y de la crítica, bien de la iglesia o de sus miembros. Los mismos Fundadores se dieron cuenta de esto.

 Los Fundadores buscaron evitar el establecimiento de una iglesia oficial del estado. Teniendo en cuenta los orígenes anticatólicos de la historia de América, los católicos apoyan fuertemente el enfoque de la Constitución en cuanto a la libertad religiosa. Pero la Constitución no, ni nunca pretendió hacerlo, prohíbe a la gente o a las comunidades de fe de jugar un papel activo en la vida pública. El excluir la religión del debate público separa al gobierno de la moralidad y a los ciudadanos de sus conciencias. Ese camino lleva a políticos sin carácter, una epidemia nacional hoy día.

Las palabras son baratas. Lo que cuenta es la acción. Si creemos en la santidad de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, necesitarnos probar eso con nuestras acciones, incluyendo nuestras opciones políticas. Otra cosa menor lleva a la corrupción de nuestra integridad. El patriotismo, que es una virtud para gente de toda fe, requiere que luchemos, de forma ética y no violenta, por lo que creemos. Proclamar que "nosotros no queremos imponer nuestras creencias a la sociedad" no es meramente políticamente correcto; es moralmente incoherente e irresponsable..

Según se nos recuerda en Santiago 2:17, en un pasaje citado en el final del debate presidencial, "Fe sin obras es una fe muerta". Es un punto válido. La gente debiera actuar de acuerdo con lo que proclama creer. De otra forma, está violando su propia conciencia, y mintiéndose a sí mismo y al resto de nosotros.

Tomado de www.arvo.net.

 

 

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